En el grupo de orientación analítica no hay juego, no hay uso representativo del cuerpo. Todo es filtrado por la palabra como único medio. A continuación, voy a diferenciar tres tiempos cronológicos a lo largo de un tratamiento para las adicciones grupal.

PRIMER TIEMPO: DEL CONSUMO A LA INSTITUCIÓN

La entrada en la institución tiene lugar por el trámite de una demanda de ayuda dirigida a un Otro capaz de reconocer a los sujetos a partir de un rasgo. En este sentido, este tipo de institución no es muy diferente a otras como, por ejemplo, las destinadas al tratamiento de depresivos, de anoréxicas o de TLPs, que, de igual manera, persiguen el mismo objetivo de reclutar pacientes que se reconocen como homogéneos a partir del rasgo que los identifica. No obstante, este mecanismo identificatorio tiende a excluir a la diferencia y, por tanto, a la subjetividad. En cuanto más certeza identificatoria, podríamos decir, menos margen para que emerja la subjetividad. Desde Freud, estamos advertidos de la relación entre las identificaciones de masas y el discurso del amo, de ahí, la existencia de tantas instituciones basadas en la ideología, como si de sectas se tratasen.

El significante adicto permite la identificación que otorga un nombre un sujeto. Se trata de una especie de metáfora social que unifica sujetos distintos bajo un significante amo.

La cuestión crucial para el psicoanálisis y para los psicoanalistas es averiguar cómo actuar en el seno de estas instituciones que se apoyan en la lógica de la identificación colectiva y que garantiza al sujeto cierta forma de identidad y de integración social, con el fin de introducir en ellos el principio analítico de la división subjetiva, con el fin de producir la transformación de lo idéntico a lo singular. Es decir, ¿cómo producir un síntoma no sólo social, sino subjetivado y, por tanto, indicativo no de un rasgo común, si no de la verdad inconsciente de un sujeto?

La estrategia de la psicoterapia grupal de orientación psicoanalítica, es la de aceptar tal identificación inicial, sabiendo de su lógica. Pero sólo como un movimiento táctico inicial. No puede exigirse que el psicoanálisis se aplique restrictivamente sólo donde entra en acción la división del sujeto, el síntoma como metáfora subjetiva, la demanda articulada en la transferencia… Nuestro trabajo en la psicoterapia grupal está enfocado hacia la producción de la división subjetiva, pero permitiendo en un tiempo inicial que se asuma el engaño de la etiqueta adicto y de su poder de unificación.

SEGUNDO TIEMPO: DE LO HOMOGÉNEO A LO SINGULAR

Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible del grupo es, entonces, la que se refiere a la transición que va desde la entrada del sujeto adicto a la institución hasta el dispositivo de psicoterapia grupal. No se trata sólo de una transformación cuantitativa, sino de dispositivos que responden a lógicas de funcionamiento distintas: la de la institución unifica e identifica, el dispositivo grupal separa y desidentifica. En este sentido, podemos afirmar que la psicoterapia grupal puede brindar al analista la posibilidad de colocar bajo transferencia el fenómeno de masa de la identificación al significante toxicómano. Las resistencias del paciente durante este tránsito habitualmente no son pocas. Es muy frecuente observar en los decires del sujeto participante del grupo, un intento de resistencia, en muchas ocasiones muy fijado, por conservar su identificación. En muchas ocasiones ante el señalamiento de la diferencia por parte del psicoanalista, encontramos una escucha furiosa del paciente, ante lo que podríamos entender se trata de una resistencia a soltar eso que le da un nombre.

El resultado es una identificación que no rompe el vínculo social sino que lo consiente. En este sentido es una identificación que alivia la angustia. En muchas situaciones es lo que se opone a la deriva mortífera de la adición. Es el grupo como sinthome, es decir, como un nuevo anudamiento para el goce, cuya deriva, en otro caso, conduciría al sujeto hacia la destrucción. El grupo puede convertirse así en un nuevo compañero, en algo que el sujeto adicto puede situar entre sí mismo y el empuje hacia la muerte que lo habita.

Si el grupo es, de por sí, un lugar que tiende a producir identificación y a ampliar imaginariamente sus poderes, la operación del analista estará encaminada más bien a vaciar la identificación. En este sentido, es posible concebir la evolución del tratamiento en el grupo como marcada por los dos momentos lógicos y cronológicos necesarios: una primera fase en la que el grupo se estructura sobre el poder de lo idéntico, sobre la identificación especular y una segunda fase en la que debe producirse una división del sujeto que permita que asome algo de la verdad del inconsciente. ¿Cómo sucede esta reapertura de la división subjetiva en el trabajo grupal? A través del encuentro-desencuentro con este real de la separación. Por ejemplo, es muy frecuente escuchar para estos pacientes la equivalencia entre mismo síntoma igual a mismo tratamiento. Una creencia totalmente imaginaria que puede romperse con el con el descubrimiento subjetivo de que del grupo cada uno es diferente y tiene un tiempo para comprender y para concluir que es absolutamente particular para cada cual. Éste no todos en el mismo momento o este no todos juntos, desvela una zona de no coincidencia en el corazón de la identificación que favorece el tránsito hacia lo singular. Esto se produce siempre en la medida que se pone en juego el deseo del analista, tal y como lo entiende Lacan, un deseo dirigido hacia la producción de una diferencia absoluta. Esto es, justamente, lo que dará paso al tercer tiempo del tratamiento grupal.

TERCER TIEMPO: LA CONSTRUCCIÓN DE UN NUEVO SÍNTOMA

Es el tiempo de la producción de un síntoma distinto al cristalizado por el discurso social. Es el tiempo de la realización de un nuevo síntoma como metáfora del sujeto. Es decir, una metáfora no social sino subjetiva. Este proceso sólo será posible a través del deseo del analista como garante de la condición ética del psicoanálisis. Cuando hacemos referencia al deseo del analista evocamos la única condición verdaderamente insustituible para la eficacia clínica del psicoanálisis. El deseo del analista no es sólo el deseo de curar, de sanar, ni el de saber, sino un deseo separado radicalmente de toda demanda, un deseo de producción de la diferencia absoluta, por lo tanto, de disociación de la particularidad del sujeto respecto al ideal del Otro.