Los humanos sabemos que vamos a morir, esa es la diferencia con los animales. La palabra, el uso de la representación simbólica, otorga al sujeto la conciencia suficiente para saber que hay un final, un límite, un corte. Dicho de otro modo, la muerte no existiría si no hubiera una palabra que la nombrara. Esta conciencia es propia de lo humano en la medida que el lenguaje permite cubrir a medias lo que de entrada se presenta como por fuera del sentido.

Estar en el lenguaje no quiere decir que el sujeto pueda dar sentido a la muerte, pero sí al menos, ofrece la posibilidad de poder nombrarla, de envolverla simbólicamente a través de creencias o ideales, o de costumbres como los funerales, las esquelas, las lápidas… Todos ellos recursos humanos para cernir algo entorno a la muerte que permita aliviar la angustia y elaborar las pérdidas.

El miedo a la muerte deriva de la relación imposible entre el lenguaje y lo real de la muerte. Imposible en la medida en que la muerte se presenta como eso que se escapa a cualquier tentativa de control por parte del sujeto, no dando posibilidad alguna de poder predecir nada en cuanto a cómo y cuándo llegará la hora. Una incertidumbre que lleva a la angustia y a su vez da lugar a la religión como recurso simbólico e imaginario para paliar tales consecuencias.

Las consecuencias clínicas de devienen de la angustia en relación a la muerte, podríamos dividirlas en dos posiciones subjetivas distintas. Por un lado, están aquellas personas que vía algún mecanismo de defensa procuran no hacer frente a ninguna situación que les evoque el tema de la muerte o de la enfermedad. Estas personas pueden evitar controles médicos, por ejemplo, para seguir manteniendo su posición de ceguera, mostrando una posición infantil ante el horror de saber.

Por otro lado, en la otra cara de la misma moneda, estarían aquellas personas que intentan mantener una posición de control la muerte y la enfermedad. No hablamos aquí de aquellas personas que se cuidan y que mantienen hábitos saludables, sino de aquellas que se obsesionan con evitar la muerte a toda costa y viven angustiadas ante cualquier signo de enfermedad. Algunos de estos pacientes son verdaderos creyentes del discurso científico y sueñan con el día en que la curación del cáncer será una realidad que aleje más y más el final que supone la muerte.

La inmortalidad, la eterna juventud, el amor para toda la vida… son anhelos de plenitud, ideales de procuran evitar (o bordear) en encuentro con lo real de la existencia misma, a saber, la condición humana de pérdida. Uno puede saber de tal imposibilidad, pero no obstante no cesar de buscarlo, de intentar hacerlo posible, aunque eso suponga acabar topándose siempre con un real en forma de angustia que asoma cuando uno menos se lo espera. Conseguir vivir en paz con eso imposible de controlar suele ser la demanda de muchas personas que se dirigen al psicólogo o al psicoanalista. La psicoterapia psicoanalítica, no sólo tiene efectos sobre la angustia, sino que va más allá, está orientada para que la persona pueda mantener una posición más libre ante eso que se escapa a su control, ante la pérdida.