Los animales se acercan al placer y se alejan del dolor, este principio asegura la continuidad de las especies. En cierto modo, los humanos podrían situarse también en esa lógica, salvo por la tendencia a la repetición. No se trata de una repetición estereotipada como la de algunos animales que ritualizan su comportamiento empujados por los instintos. Los humanos si caen en el exceso es porque no pueden hacer con aquello que les proviene de su estructura: la falta (o el vacío para ser más exactos en algunos casos). La angustia que surge de esta incompletud lleva a cada sujeto a inventarse maneras de hacer con eso.

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Habitar en el lenguaje conlleva la posibilidad de usar la palabra y con ella acercarnos al sentido. Es en este punto que las psicoterapias tienen efectos terapéuticos. Pero el significante no lo recubre todo, de ahí la repetición. Dejar de volver una y otra vez al mismo punto pasa en muchos casos por una invención de cada uno para salir del círculo. Algunos sujetos pueden hacer de su falta su motor y pasar de lo mortífero a la vida.

Afortunadamente no hay objeto que colme la falta. Aunque posiblemente nunca antes habíamos sido tan sofisticados en el intento. Llevar un móvil en el bolsillo calma. Olvidarlo o perderlo puede ser causa de pánico o de síndrome de abstinencia. Supone toparse de bruces con aquello de lo que no queremos saber nada: de uno mismo.

Conectarse para desconectar ¿Pero conectarse a dónde? Sería algo así como: Conectarse al objeto para desconectarse del sujeto.

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