Miller, sostinene que el superyó fue el primer concepto freudiano que Lacan retuvo, el concepto que lo engancho a la teoría freudiana. Y nos remite a la tesis de psiquiatría de Lacan de 1932, afirmando que es un trabajo que contribuye a la clínica del superyó. Se trata del caso Aimée, el cual, concluye con una curación total que Lacan no se atribuye y dirá que lo que cura a la paciente es el ataque que ésta hace a ese otro perseguidor, a la imagen ideal que también es odiada. Lacan, señala que no es tanto el haber atacado lo que determina la curación, sino la consecuencia de su acto, es decir, que se la castigó por él. El castigo es la causa de su delirio. Ésta será la forma, a través de la cual, Lacan entra en contacto con el superyó como fundamento de los mecanismos autopunitivos. Crea, con el caso Aimée, la clasificación clínica de paranoia de auto-punición, que no deja de ser una paranoia superyoica. Así, podríamos asociar estos crímenes del superyó que intentan aniquilar un enemigo interior a los del tipo de carácter “los que delinquen por culpa” y “los que fracasan al triunfar” establecidos por Freud en 1916.

Con Freud, el imperativo categórico vinculado a la conciencia moral, daba órdenes del estilo: “haz esto porque te conviene” o “deja de hacer aquello porque es malo”. Lacan dará un vuelco a esta concepción y en el seminario XX, Aún, formulará el imperativo como: “¡Goza!”. Permite, así, despejar la paradoja creada por Freud en El malestar en la cultura, cuando afirma que “cada renuncia a la satisfacción pulsional refuerza la severidad del superyó”. De hecho, esperaríamos que el superyó aflojase su severidad después de renunciar al goce. Pero, por lo contrario, el superyó no solo no cede en su empeño de gozar, sino que incrementa su voracidad. El superyó está del lado del goce. Exige goce. Decíamos que Lacan elimina la paradoja, de la afirmación de Freud, al atribuir la exigencia de goce al superyó.

Es  por esto que el sujeto no se cura del superyó, más bien los recursos a los que se puede apelar en la clínica son para negociar ante su asedio. Freud decía respecto a esto que sólo se conseguía a través del humor (única arista amorosa) que libera del asedio mortífero al que convoca el superyó por la apelación a lo cómico. Las voces descarriladas que torturan a los psicóticos, la fidelidad con la que el perverso acata las órdenes que lo humillan, el eco de los pensamientos que oprimen a los neuróticos. El superyó es una instancia del aparato psíquico y, en tanto estructural al sujeto, incide en todas las estructuras clínicas, tanto en niños como en adultos. Utilizando el significante del nombre-del-padre como referencia, es posible abordar al superyó en la clínica diferencial de la neurosis, la perversión y la psicosis. Permite, de este modo, diferenciar los imperativos de goce en cada una de las estructuras clínicas. Marta Gerez, en su libro Imperativos del Superyó dirá que “el neurótico tiene estructuralmente recursos para negociar con los imperativos de goce superyoico a través de la apelación a la demanda al Otro aunque, cuando tal recurso fracasa, hace eclosión el goce del síntoma, el pasaje al acto y la desobjetivación: riesgos del desenmarcamiento del fantasma y eclosión de la furia superyoica. El psicótico por su pasividad frente al goce del Otro, carece de aquellos recursos para la negociación, y es allí donde el goce superyoico hace estragos; sus avatares más escandalosos se revelan en los fenómenos elementales, el crimen o el suicidio. Sin embargo, un recurso para el tratamiento posible de la psicosis será la apelación al trabajo por los senderos del delirio”. En cuanto al superyó en la clínica diferencial neurosis-perversión y en relación a la posición del sujeto ante la castración, podemos sostener que: son las vicisitudes de la demanda al Otro (neurosis) y la voluntad de goce (perversión) las que dan cuenta de una posición diferente

Psicólogo Barcelona

Podemos afirmar entonces que el superyó es antagónico al deseo, podríamos decir, incluso, que es su reverso. Miller, dirá, respecto a esto, que si el superyó le interesa a Lacan es precisamente porque es una función que hace contrapunto a la del Nombre-del-Padre. El nombre-del-Padre es una función coordinada al deseo, el superyó es una función coordinada al goce. Este llamado a la no castración, da pie a la proposición lacaniana del superyó “como correlato de la no castración”. Dice, de este modo que no todo en la ley del padre es normativizante. En su falla, en su envés: el goce. El hombre procura, así, siempre ese objeto, das Ding, esa realidad muda que empuja al goce. Es solo la ley paterna la que regula la distancia entre el sujeto y das Ding, y si esa distancia se borra, el superyó emerge, como pulsión de muerte. La división del sujeto contra sí mismo, operación comandada desde das Ding, que vocifera y pide más y más. En el seminario La ética del psicoanálisis, Lacan, definirá al superyó, como “el que cosquillea das Ding desde el interior”.

Lacan, al formular, de esta forma, el concepto de superyó, como imperativo de goce, lo ubica en el registro de lo real como una de las formas del objeto a (voz y mirada), que da prevalencia al registro de lo real sobre simbólico e imaginario. Sin embargo, no es posible realizar la lectura del concepto en Lacan, sin tener en cuenta los tres registros. De alguna forma, Lacan, abordó siempre al superyó desde lo real, lo simbólico y lo imaginario. Marta Gerez, en su obra las voces del superyó, dirá que le haya dado preeminencia a lo real no implica que se pueda desatender en tal delimitación, por un lado, a lo incomprendido (hueco en lo real) de la ley simbólica y, por otro, a las feroces figuras imaginarias que ese hueco convoca. La autora, distribuye, también, el concepto de Lacan, a lo largo de su obra, de la siguiente forma: De 1932, y aproximadamente hasta 1955, se destaca una primacía imaginaria: el superyó es un personaje y Lacan repetirá a menudo “la figura obscena y feroz del superyó” y lo definirá como “la hiancia abierta en lo imaginario por todo rechazo de los mandamientos de la palabra”.  De 1955 a 1961, se destaca una primacía simbólica: es un imperativo, una voz y, en tanto ley, es coherente con el lenguaje y por tanto con lo simbólico. Finalmente, de 1959 a 1977, se acentúa la primacía de lo real: la voz como una de las formas del objeto a. Esta primacía de lo real en el superyó es el verdadero hallazgo que trasciende la teoría freudiana y que se complementa con la formulación del superyó en relación a la no castración que impele al goce. Vemos así, el itinerario lacaniano desde el registro imaginario y simbólico al real como objeto causa de deseo y goce.

Podríamos afirmar que Lacan no logra consolidar una teoría sobre el superyó, incluso, llegó a afirmar que “La única cosa de la que nunca traté es del  superyó”. Resulta enigmática, dicha afirmación, si tenemos en cuenta que eso de lo que nunca trató, estará presente a lo largo de toda su obra.