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“Me siento perdido”, “No sé quién soy”, “Nada tiene sentido”. Estas frases aparecen con frecuencia tanto en adolescentes como en adultos y, cuando se sostienen en el tiempo, conviene abordarlas con un equipo de psicólogos y terapeutas especializados. No siempre están ligadas a un acontecimiento concreto ni a una patología definida. A veces expresan una experiencia más profunda: la dificultad para reconocerse en un lugar propio cuando los referentes que antes orientaban la vida dejan de sostener.

La crisis de identidad no es nueva, pero adopta formas particulares en la actualidad. Vivimos en una época en la que las certezas tradicionales — familia, trabajo estable, ideales colectivos, modelos claros de futuro — se han vuelto frágiles o contradictorias. Las opciones se multiplican, pero los puntos de apoyo se debilitan.

Cuando una persona dice “no sé quién soy”, no está hablando solo de confusión. Está señalando una pérdida de sentido y una dificultad para articular su historia, sus deseos y sus decisiones en un relato coherente; si quieres una referencia conceptual, puedes ver esta definición de crisis de identidad en un diccionario de psicología.

Esta experiencia puede vivirse con angustia, tristeza o apatía. A veces se presenta como una crisis puntual; otras, como un estado prolongado de desconcierto. Comprender qué está en juego en estas crisis permite no reducirlas a una simple etapa pasajera ni a un problema individual aislado.

Mujer pensativa en una cama con notas y preguntas sobre identidad, crisis de identidadCrisis de identidad: claves

La crisis de identidad suele aparecer en momentos de cambio: adolescencia, entrada en la vida adulta, maternidad o paternidad, separaciones, migraciones, cambios laborales, jubilación. Son situaciones en las que los roles previos ya no sirven y los nuevos aún no están consolidados.

En la adolescencia, por ejemplo, es frecuente escuchar: “No sé qué quiero ser”, “No encajo en ningún lado”, “No me reconozco”. En estos casos, contar con un acompañamiento de psicólogo para adolescentes puede ayudar a sostener un espacio donde la confusión no se viva como fracaso, sino como parte de un proceso de construcción personal.

En la adultez, la crisis adopta otras formas. Personas que han seguido un camino esperado —estudios, trabajo, familia— comienzan a preguntarse: “¿Esto es lo que quiero?”, “¿Esta vida es mía o la construí para otros?”. Cuando este cuestionamiento se prolonga, el apoyo de un psicólogo para adultos y procesos vitales permite ordenar el malestar y situar qué se está poniendo en juego.

Estas crisis no indican necesariamente un trastorno, sino un momento de reorganización subjetiva. El problema aparece cuando no se logra elaborar la caída de las viejas referencias y no se construyen otras nuevas. Entonces se instala una sensación de vacío o de falta de rumbo.

Algunas manifestaciones habituales de la crisis de identidad son:

  • Sensación persistente de no saber quién se es.
  • Dificultad para tomar decisiones.
  • Pérdida de interés por proyectos anteriores.
  • Comparación constante con otros.
  • Vivencia de falta de sentido.
  • Angustia frente al futuro.

La identidad no se descubre como algo ya dado, sino que se construye a partir de elecciones, vínculos y palabras. Cuando estas referencias se vuelven inestables, el sujeto queda sin orientación clara.

Por qué se cae el sentido hoy

En otras épocas, la identidad estaba más ligada a estructuras estables: la familia, la religión, el oficio, la pertenencia social. Hoy, esos marcos se han debilitado o diversificado y esto tiene un efecto ambivalente: mayor libertad, pero también mayor incertidumbre; en esa línea, puede aportar contexto este texto sobre cuándo todo se mide en objetivos y se pierde el lugar propio.

La multiplicación de opciones no siempre facilita la elección. Al contrario, puede generar parálisis. Cuando todo parece posible, resulta difícil sostener una dirección. El ideal de “ser uno mismo” se convierte en una exigencia vacía si no hay referencias que orienten qué significa eso para cada quien.

Además, los discursos actuales promueven modelos de éxito, felicidad y realización personal que cambian rápidamente. Las redes sociales ofrecen identidades listas para usar: estilos de vida, cuerpos, opiniones, trayectorias. Esto favorece identificaciones frágiles, basadas en la imagen más que en una elaboración personal.

La caída de los referentes simbólicos no significa que ya no haya normas, sino que estas se vuelven contradictorias. Se pide autonomía, pero también rendimiento. Se promueve la libertad, pero se imponen ideales difíciles de alcanzar. El sujeto queda atrapado entre expectativas externas y una falta de orientación interna.

Si te interesa una referencia general sobre el concepto en psicología, aquí tienes una explicación de la crisis de identidad en psicología que sitúa cómo aparece en distintas etapas de la vida.

Cómo orientarse y reconstruir referentes

Reconstruir una identidad no significa volver a modelos antiguos ni adoptar uno nuevo sin cuestionarlo. Implica elaborar qué se ha perdido y qué se quiere construir. En este proceso, el duelo por los antiguos referentes es fundamental.

Toda crisis de identidad implica una pérdida: de una imagen de sí, de un proyecto, de una creencia. Sin ese trabajo de elaboración, la persona queda atrapada en la nostalgia o en la confusión.

En el espacio terapéutico, la identidad no se define desde afuera. No se trata de decirle a alguien quién es, sino de acompañarlo a poner en palabras su historia, sus elecciones y sus contradicciones; en esta perspectiva, puede complementar la lectura sobre diagnóstico, etiquetas e identidad en el malestar actual.

Orientarse no significa encontrar una respuesta definitiva a “quién soy”, sino poder tolerar que esa pregunta esté abierta. Por eso, los tratamientos psicológicos para reconstruir sentido y orientación suelen centrarse en poner en palabras lo que se desordenó, sin forzar respuestas rápidas ni ideales ajenos.

Algunas líneas generales del trabajo clínico son:

  • Explorar qué referentes han caído y qué significaban.
  • Identificar momentos de ruptura o cambio.
  • Dar lugar a la incertidumbre sin apresurar soluciones.
  • Acompañar la formulación de nuevas preguntas.

Cuando una persona logra poner en palabras su crisis, esta deja de ser un estado difuso para convertirse en una experiencia pensable. Allí donde había vacío, aparece una narración posible. Esto no elimina la incertidumbre, pero la vuelve habitable.

Decir “no sé quién soy” no es solo una queja. Es una pregunta profunda sobre el sentido, el lugar y el deseo. En una época donde los referentes se debilitan, esta pregunta se vuelve más frecuente y más necesaria.

La crisis de identidad no es un error a corregir rápidamente, sino un momento de tránsito. Un tiempo en el que lo viejo ya no sirve y lo nuevo aún no se ha formulado. Escuchar ese malestar permite transformarlo en una oportunidad de elaboración.

El trabajo terapéutico no promete una identidad cerrada ni una certeza definitiva, pero sí un espacio donde construir una orientación singular. Allí donde el sentido se ha caído, la palabra puede abrir un nuevo camino.

Escrito por:
Mila Herrera
Directora de Psicoclínica Barcelona

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