Ciertamente, el período del año en el que estamos, las fiestas navideñas, que deberían de ser descanso y desconexión de nuestras obligaciones diarias se convierten, en muchas ocasiones, en fuentes de estrés para muchas personas que no sólo no se libran de sus responsabilidades laborales sino que además, a todo lo diario, se le añade la programación, anticipación y organización de unos días de «locura» para todos, niños y adultos, en los cuales, muy probablemente, se pierde de vista el sentido último de este receso anual. Así comprobamos como tristemente, para unos y para otros, éstos días se convierten en fechas de desasosiego, de nervios, de consumo indiscriminado, de empachos, de excesos, de arranques y de momentos emocionales dificiles de gestionar y de tramitar.

Pero, ¿qué es lo que ocurre? Sin querer ser exhaustivos, se me ocurre que para empezar salimos por completo de nuestras rutinas, tanto de horarios, como de actividades, de espacios, lugares, y hasta de personas con las que nos juntamos… Además nos cargamos con demasiada exigencia para hacer muchas cosas y hacerlas bien, hemos de ver y visitar a mucha gente, hemos de compartir ratos, conversaciones, discusiones… y esto no siempre es fácil. Se impone quedar bien con todos (regalos, detalles, llamadas, visitas, invitaciones…), y que queden bien con uno (me podrían haber llamado, saben que no me gusta que…) estar a la altura de las circunstancias (dar la talla, era o no era esto lo que esperaban de mí…), y a todo esto se le suma que además hay que hacerlo disfrutando, al máximo, a tope si puede ser, aprovechando hasta el último instante… Cuando este imperativo acaba imponiéndose podemos esperar cualquier cosa, excepto que pase lo que él mismo dicta: que disfrutemos!

 

En estas circunstancias, muchas veces caóticas y de desencuentros más que de encuentros, se desencadenan momentos de angustia y emociones muy difíciles de digerir. Son momentos críticos que vienen a sacar a la luz muhas cosas que llevamos guardadas dentro nuestro con gran recelo y que afloran en días de estrés como las tan famosas Navidades.

No miremos hacia otro lado, hagámosle frente a eso que se repite en según que circunstancias y nos aflige y nos duele como siempre que emerge. Aprovechemos este dolor para aprender algo y para hacer algo con él. Que estos momentos dolorosos por los que pasamos por lo menos sirvan para darse cuenta uno mismo de que hay otras posibilidades, otras maneras de hacer, otras interpretaciones de los acontecimientos,  que es posible ponerle un freno, un remedio, un fin. Consultemos a un especialista cuando el sufrimiento y el dolor se apodera de nosotros y salpica gravemente nuestras relaciones con la gente que queremos.

Psicoclínica Barcelona