Ya en los primeros casos de histeria analizados por Freud se podía vislumbrar claramente la presencia de una fuerza aniquilante vinculada al parricidio, la culpa y el castigo. Fuerza que podemos reconocer, entonces, bajo el nombre de “conciencia moral”.  Ésta será la expresión más primitiva del superyó, alrededor de la cual, se fundamentan los elementos teóricos y clínicos que llevarán a su formulación en 1923.

Pronto Freud descubrirá que algunos de sus analizantes fracasan al triunfar, ante la concreción del éxito y la realización del deseo, se precipitan, por culpa, al fracaso. Su atrincheramiento en una compulsión de repetición que siempre conduce a lo peor, lo que da a pensar, que el ser, se amarra a aquello que Freud anunciaba como una de las consecuencias clínicas del superyó: el apego no sólo a la enfermedad sino al empeoramiento de la enfermedad.

Siguiendo ese mismo hilo conductor que lleva a pensar en un más allá del principio del placer, Freud, descubrirá que la culpa no solo provoca autoaniquilación, también provoca el crimen, mediante el cual se pretende obtener, paradójicamente, con su castigo, el apaciguamiento que el sujeto precisa.

Otro elemento importante es el concerniente a los sueños. Freud afirma, en La interpretación de los sueños, que “todo sueño es una realización de deseos”, sin embargo se topa con un tipo especial de sueños, a los que llamará “autopunitorios”, que desmienten esta afirmación. Finalmente, le llevará más de 23 años aclarar que no hay deseo punitorio sino necesidad de castigo y que, ésta, más allá del inconsciente, pende de la instancia superyoica.

Será en 1914 en Introducción al narcisismo, donde Freud, a raíz de la definición de narcisismo primario y secundario articula el proceso de las identificaciones con, el entonces denominado, Ideal del yo. Esta confusa formulación, generará conflictos teóricos y clínicos en los años venideros, debido a que tal concepto alude a dos instancias. A pesar de esto, y a partir de aquí, el horizonte superyoico recibirá un excelente trazado basado en las identificaciones, la libido y el narcisismo.

El Ideal del yo tiene la función de “velar por la satisfacción narcisista del yo”, protegiendo, así, de los peligros que puedan dañar su integridad. Sin embargo, esta función benévola coexiste, paradójicamente, con otra, la moción maligna, que convierte a la instancia en un enemigo de la seguridad yoica. Pasará, entonces, de cuidar los aspectos narcisistas del yo, a dividir al sujeto contra si mismo.

De este modo, el Ideal del yo, en sus dos versiones, pende de la conciencia moral, pero, a su vez, ésta pende de la conciencia moral de los padres. Freud, en Introducción al narcisismo, dirá: “partió en efecto de la influencia crítica de los padres, ahora agenciada por las voces, y a la que en el curso del tiempo se sumaron los educadores, los maestros y, como enjambre indeterminado e inacabable, todas las otras personas del medio (los prójimos, la opinión pública)”. Hablamos, por lo tanto, de la influencia crítica de las voces de la Conciencia Moral de los padres.

Años más tarde, cuando la instancia crítica, ahora ubicada en el ideal del yo, pase a denominarse como superyó (1923), Freud se redimirá de la afirmación anteriormente citada en la que alude a las identificaciones secundarias como originarias, también, de la instancia superyoica. En el Yo y el Ello, correlacionará el superyó con lo pulsional y con la identificación primaria,  con el padre. Estas ideas podrían relacionarse con las planteadas un año antes en Tótem y Tabú, donde el objeto incorporado (comido) es el Padre (identificación primaria por incorporación intrusiva) haciendo, de este modo, que lleve la marca de origen para siempre. Así, los reproches destinados al padre por su maldad y abandono (mediante el asesinato y la añoranza resultante) vuelven sobre el sujeto como queja y culpa. En este texto, Freud, dirá que: “El psicoanálisis nos ha revelado que el animal totémico es, en realidad, una sustitución del padre, hecho con el que se armoniza la contradicción de que estando prohibida su muerte en época normal se celebre como una fiesta su sacrificio y que después de matarlo se lamente y llore su muerte. La actitud afectiva ambivalente, que aún hoy en día caracteriza el complejo paterno en nuestros niños y perdura muchas veces en la vida adulta, se extendería, pues, también al animal totémico considerado como sustitución del padre”. De este modo, Tótem y tabú nos brinda la oportunidad de conocer la relación existente entre el origen de la prohibición del incesto como ley, encarnada en el padre, tanto en lo individual como en lo colectivo.

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Marta Gerez, en Las voces del superyó (2007) hace referencia a la cuestión del superyó como mera identificación paterna, y dice: “… y es que en la identificación primaria, con el padre, no se asimilan sus atributos puesto que es anterior a toda carga de objeto. Por tanto el padre se incorpora, no se asimila, y deja siempre un residuo, puro resto que se hace oír en eco crítico.” Y continuará diciendo: “… por lo tanto, es más que evidente que del padre se trata, pero no es del padre mera identificación.

Cuando parece que la concepción maligna del Ideal del yo, está ya separada de aquella que se encarga de la preservación del narcisismo, Freud, más adelante, reincide en su vacilación, vuelve a ensamblar bajo el mismo nombre, a la instancia crítica y a la Ideal del yo propiamente dicha. Aunque sí establecerá, aquí, diferencias en cuanto a las funciones y la raíz de cada una de ellas. No será hasta el Yo y el ello (1923), cuando las dos instancias se bifurcarán. Jacques-Alain Miller, en Clínica del Superyó (1981), dirá: “Debemos medir el impacto de la novedad que introduce Freud con el superyó. En un principio casi lo confunde con el Ideal del yo, aún en El yo y el ello ambos términos figuran como dos expresiones equivalentes. Este problema llegó a ser un problema tradicional dentro de la teoría analítica. Se delimitó así una suerte de articulación tradicional, que Lacan no recusa completamente, según la cual la diferencia entre superyó e ideal del yo estriba en que este último sostiene una función de idealización mientras que el primero sostiene una función de prohibición.

Será en el Yo y el ello cuando el superyó sea definido como tal y estructurado como instancia psíquica. Aquí también nos encontramos con su ambigua formulación: el superyó es heredero del Ello y es, también, heredero del complejo de Edipo. Veremos como Freud no retrocederá ante tal paradoja. En dicho texto, dirá que si el yo es una “sedimentación de las investiduras de objeto resignadas”, resultará de la identificación secundaria y edípica. En el superyó, dirá, en cambio, “se esconde la identificación primera, y de mayor valencia, del individuo: la identificación con el padre de la prehistoria personal. A primera vista, no parece el resultado ni el desenlace de una investidura de objeto: es una identificación directa e inmediata (no mediada), y más temprana que cualquier investidura de objeto”.

Es heredero del Edipo en  lo que cabe a la suplencia del padre  ante la falla de la ley. El  niño, renuncia a la satisfacción de sus deseos edípicos, marcado por la prohibición del padre. De este modo, el niño instaura la ley y gracias a ésta, entra en contacto con el deseo, ligado a la castración resultante. De este proceso, se engendra la identificación con el padre y se da la entrada a la cultura.

“El superyó es el heredero del complejo de Edipo” es una afirmación de Freud tomada por los post-freudianos casi como una formula incuestionable. No obstante, ¿como relacionarla con la teoría de Melanie Klein de la precocidad del superyó? Precisamente porque el superyó es, también, el heredero del ello, ya que está ligado al padre que instiga desde la marca pulsional originaria. En relación a esto, Ernest Jones, afirmaba que si existe un superyó pre-edípico, es debido a los componentes agresivos internos pregenitales que están incorporados en el superyó definitivo.

Dirá Freud: “Mediante su institución (la del ideal del yo), el yo se apodera del complejo de Edipo y simultáneamente se somete, él mismo, al ello. Mientras que el yo es esencialmente representante del mundo exterior, de la realidad, el superyó se le enfrenta como abogado del mundo interior, del ello. Abogado pavoroso, sin dudas, ya que se trata del monumento recordatorio de la endeblez y dependencia en que el yo se encontró en el pasado, y mantiene su imperio aun sobre el yo maduro”. Así como el niño estaba compelido a obedecer a sus progenitores, de la misma manera, el yo se somete al imperativo categórico de su superyó.

Estamos viendo como el superyó en Freud, es un concepto lleno de ambigüedades y paradojas. Vemos como el propio Freud, parece que hace y deshace, que clarifica y enturbia, con el afán de ir insertando la nueva formulación en el marco de la teoría y la clínica psicoanalítica. Marta Gerez, en su libro, las voces del superyó (2007), se encarga de puntuar algunas de estas paradojas: “heredero del ello”, “producto catabólico-pulsión de muerte”, “masoquismo primordial”, en contraste al “heredero del complejo de Edipo”, “identificación al padre”, “juicio crítico de la conciencia moral”. En cuanto al narcisismo: “Ideal del yo”, “crítica que preserva al narcisismo”; y su envés: el superyó o crítica aniquilante del narcisismo”. En cuanto al padre: “función salvadora y protectora del padre”, “introyección del padre”; y su contrario: “Padre terrible, “incorporación canibalística”, “posesión demoníaca”

Los Post-freudianos, al contrario, preocupados por lograr una especie de coherencia teórica, procuraron limitar al máximo algunas de las paradojas que Freud se había encargado de generar, anulando, así, gran parte de su riqueza.

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